lunes, 19 de octubre de 2015

IRSE O QUEDARSE EN VENEZUELA SUICIDIO O ASESINATO



Riolama Fernández

La primera vez que fui a Berlín me detuve en una esquina largo rato a ver pasar esos hermosos automóviles. Estaba maravillada de todos los modelos y colores espectaculares que transitaban por enormes autopistas de cuatro y hasta seis canales, mi mente no podía dejar de repetir “esto si es un país desarrollado”, por primera vez vi alemanes buen mozos, no como esos desarrapados malolientes que pasan por Venezuela en cholas y una botella de agua mineral bajo el brazo. Estos alemanes eran realmente guapos, más que actores de película, y montados en esos autos, pues, más atractivos se veían. Decidí patearme Berlín, que es una ciudad enorme casi gigantesca, como dije con calles y avenidas de  grandes extensiones, también por no andar preguntando como tomar un bus o taxi para no tener problemas con el idioma. Llevaba un croquis de como tomar el metro pero lo dejaría para el final de mi jornada, así que luego de recorrerla en un tour en autobús, la camine casi sin descanso. Caminando y muy cansada llegue al hotel donde me hospedaba, mi estadía incluía la cena pero llegué a las ocho de la noche y el restaurante había cerrado a las siete, así que tome un baño y decidí salir a buscar que comer en la calle, comprendí que mis pies ya no aguantarían zapatos así que en medio de una helada primavera me atreví a salir en cholas fuera del hotel, ya eran las nueve de la noche y de pronto me encontré íngrima y sola en la gigantesca ciudad con sus avenidas de seis canales por donde no transitaba ni un solo carro, de manera que la crucé como quien cruza una sabana descampada en el llano. Un solo negocio tenia las puertas abiertas y para mi suerte hablaban español, les dije que tenía mucha hambre que quería comer, me dijeron que ellos vendían comida pero que el lugar estaba cerrado para el público, que estaban allí reunidos pero que ya no estaban trabajando, me indicaron que afuera estaba un carrito que vende chawarmas, que caminara una cuadra a ver si todavía estaba. Efectivamente, en Berlín no pasó un carro en la noche aunque era primavera, pero el carrito de chawarma estaba allí como esperándome a mí, su única cliente. Mientras comía sentí frio en los pies, pero preferí el frio antes que volver a ponerme los zapatos luego de tanto caminar, pensé en los alemanes que viven en mi país, como se vuelven locos allá, que lo aman tanto y se lo disfrutan mejor que a una cerveza alemana de esas enormes. Entendí su negativa a ponerse zapatos en Venezuela, si no me provocó a mí ponerme zapatos en medio de una fría noche, supongo que ellos habrán caminado tanto en mí país como yo en Berlín. Cuando miro lo felices que viven los alemanes en Venezuela, no dejo de pensar en la gran Alemania con su gran Berlín y sus hermosos pueblos con casas como de los cuentos infantiles y ciudades más pequeñas y hermosas llenas de musicalidad, en sus ciudadanos sin posibilidad de disfrutarlas porque solamente viven para trabajar, para tener esos espectaculares autos que no pueden manejar porque deben trabajar y descansar para volver a trabajar, sus caras serias un tanto severas para mi gusto y ver como en Venezuela gesticulan y se llenan de amplias sonrisas, aunque nuestras calles están llenas de huecos y no se ven esos carrotes.

Otros países tienen las mismas industrias que tiene Venezuela pero los ciudadanos venezolanos no contamos con ciudades diseñadas para que las disfrutemos, pero tenemos tiempo para patear estas calles llenas de barro, basura y delincuencia, y no es que otros países no generen la misma mierda es que por lo menos los gobiernos la recogen y garantizan al menos un rostro limpio que huela bien.

Irse de Venezuela porque la calidad de vida ha desmejorado enormemente es una opción tan válida y respetable como que decidas ser budista, contraer matrimonio o cambiarte el color del cabello. Quedarse a intentar evitar un naufragio mayor del país, a hacer la diferencia en nuestro metro cuadrado, es otra opción respetable. Poner en la balanza la vida personal y la vida nacional y la decisión final es también un resultado que debe respetarse.

En mi caso personal, salir del país sería empezar de nuevo a buscar donde  vivir, vivir alquilada, la verdad ya pase por eso demasiadas veces en mi juventud, se lo terrible que es trabajar para pagar un alquiler, también he pasado la mayor parte de mi vida haciendo y deshaciendo maletas para armar una nueva casa y empezar un nuevo viaje, tengo un record de mudanzas y de viajes difícil de igualar. Irme y pensar que voy a tener que pasar por algo que ya superé, es tan o más aterrador que perder mi auto en un atraco, conste que hablo con propiedad, he sido atracada cinco veces dos de ellas con secuestro y robo de vehículos. No critico a quien se va por esa razón, lo entiendo y lo respeto.

Hace poco, una amiga que se fue de Venezuela hace años, porque se sentía discriminada por su orientación sexual y no valorada en su profesión,  informó que al recibir la ciudadanía americana dijo que daba gracias a sus padres venezolanos por haberle dado el talento y la valentía, pero que en Venezuela solamente le estaba reservado “el cementerio o el ala psiquiátrica del hospital, que Venezuela es para talentosos y valientes”.

Si, le respondí,  y más allá de la ciudadanía nacional propia hay que tener claro que todas las ciudadanías tienen su cementerio, su ala psiquiátrica en su propio hospital y por supuesto su suburbio nacional particular, lo importante es que los talentosos, independientemente de su ciudadanía y del lugar donde opten por vivir y luchar su vida siempre están allí para hacer la diferencia. Itaca, donde vayas la ciudad te seguirá por eso hay que construir la ciudad interior para que no te abandone estés donde estés. Cuando uno viaja no solamente se encuentra con otros talentos sino también se entera de la existencia de otros suburbios nacionales y de sus respectivas alas de psiquiatría. Al final uno hace la diferencia en uno mismo.

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